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lunes, 31 de enero de 2011

Textos en libertad Rumba y cuencos tibetanos

Es cierto, como lo indica el concepto que acuñó el catedrático de la UNAM Froylán López Narváez, que “la rumba es cultura”. Todos los ritmos, toda la música, son expresiones culturales. Y no sólo eso. Desde la melodía más primitiva hasta la más estridente, tienen efectos sobre el ánimo, el espíritu y la salud humana, como muchos lo habrán comprobado cuando escuchan cantos gregorianos o, menos conocido en México, cuando suenan los cuencos tibetanos y nos alivian del estrés y la ansiedad.

En las grandes urbes tenemos la oportunidad de acudir tanto a sitios donde la rumba sigue siendo cultura (porque la salsa “no existe”, según el propio Froylán), como a salas musicales para escuchar a una sinfónica o una ópera.

Pero nos detendremos en el tema de los cuencos, porque pese a ser éstos, expresiones de una civilización tan antigua como la del Tíbet, es algo novedoso en México donde poco se sabe al respecto a pesar de su difusión por parte de una compatriota que se ha especializado en el tema.

En efecto, la presidenta del Centro Mexicano de Sonoterapia, Patricia Puente Fuentes (www.saludyconciencia.mx), es una erudita con certificaciones importantes en terapia cuántica, tanatología y desde luego sonoterapia, cuya actividad es rara y atractiva a la vez..
Su trabajo tiene un sustento científico. De acuerdo con diversas fuentes (neuroacoustic.com, gaynoroncology.com, cymaticsource.com, soundhealingcenter.com, collegeofsoundhealing.co.uk), los sonidos “fascinantes y etéreos” de los cuencos tienen como función primaria lograr una influencia en cuerpo, mente y alma. La cimática (estudio de las ondas) ha probado cómo la vibración del sonido puede armonizar la materia.
Por eso los sabios orientales desde hace siglos usan ese recurso como un apoyo en la meditación, relajación, armonización y desbloqueos energéticos. Actualmente son ya reconocidos y empleados en el mundo occidental como una poderosa herramienta para la salud.

En el caso de los tibetanos, sus cuencos son vasijas circulares de cristal de cuarzo puro que, al ser rozadas en forma suave con una vara especialmente diseñada, emiten esos impulsos sonoros de alta calidad terapéutica, para armonizar los campos sutiles y la memoria celular, y crear a través de vibraciones, estímulos que activan el funcionamiento del sistema inmunológico.

Dicen las fuentes referidas que la NASA ha evaluado los sonidos de estos cuencos por medio de instrumentos que miden el espectro de alcance que posee la vibración, y ha encontrado que abarcan un campo de ocho kilómetros de extensión y que su frecuencia vibratoria se equipara a la captada por el telescopio espacial Hubble en los anillos de Saturno, así como en diversos planetas y estrellas. En la Tierra, esa frecuencia es comparable con la emitida por delfines, grillos y cantos armónicos.

Resulta que por ello estos cuencos se emplean para la terapia de sonidos (sonoterapía), en casos como estrés y ansiedad, y para mejorar la concentración, incrementar la creatividad, equilibrar los hemisferios cerebrales, restablecer el equilibrio del sistema endocrino, estimular la actividad de las ondas alfa, aumentar la energía por medio de la estimulación del líquido cefalorraquídeo y coadyuvar a fortalecer a pacientes con enfermedades tales como cáncer, VIH, diabetes y otras.

Suena interesante. Y habrá una oportunidad de comprobarlo cuando, el próximo domingo 30 de enero, Patricia Puente ofrezca un concierto terapéutico de cuencos tibetanos y de cuarzo en algún lugar de este México tan aguerrido y estresante; la buscaremos. (antonio.aspiros@gmail.com)

domingo, 19 de diciembre de 2010

Lecturas con pátina ¿Y usted sí leyó las novelas de Dan Brown?

Ahora que ya pasó la euforia mundial por las historias de Dan Brown, ese personaje que le puso más dígitos a su cuenta de banco gracias a las regalías por sus libros y películas, debemos confesar -¿pecado leve?- que dedicamos tiempo a leer dos novelas suyas, y así fue como las percibimos, una hace más de un lustro y otra a principios de 2010:

La lectura de El Código Da Vinci (Umbriel Editores) fue con el pretexto de poder opinar sobre un ‘best seller’ que vendió millones de ejemplares en varios idiomas. Gracias a que una colega nos prestó su ejemplar (no le llamen “copia”; es anglicismo), surgió el interés a pesar de tantas descalificaciones que tuvo el libro. El argumento fue atacado también por el clero debido al papel central -fantasmal- que según el autor desempeñó María Magdalena en la vida íntima de Jesucristo quien, además, según esa versión tuvo muchos hermanos carnales.

Hay en la obra distorsiones bíblicas y artísticas, es poco verosímil y llega a caer en exageraciones que molestan al sentido común. Aún tomada meramente como un pasatiempo, abruma con el exceso de datos referenciales.

Es, en resumen, uno de esos libros que a no pocas personas preparadas daría pena confesar que lo leyó, pero su virtud fue tal vez que motivó a muchos a documentarse en obras serias acerca de los templarios y el Santo Grial. Otros, habrán visto todos los sospechosos programas de televisión que fueron producidos sobre el tema.

Cinco años después, debido a un obsequio navideño también leímos de Brown El símbolo perdido (619 páginas, Editorial Planeta Internacional), otra de esas obras clasificadas como thriller (novela escalofriante o emocionante) y destinadas a la vida efímera, ya que no son precisamente literatura en su sentido artístico.

Con 133 capítulos y un epílogo, esta novela busca atraer con una historia cuyo desenlace es desde el principio inequívocamente predecible pese a que “muere” quien no debería, y lo consigue gracias a escenas de suspenso que sin embargo van decayendo hasta volverse una narración pasiva.

La historia se desarrolla en el transcurso de sólo 12 horas y si el libro resultó tan extenso fue porque el autor no deja nada a la imaginación, la inteligencia o el conocimiento de los lectores. Es muy descriptivo de los escenarios, la utilería y el contexto, como si se hubiera propuesto escribir de una vez un guión para cine.

Robert Langdon, el personaje que también fue protagonista de las dos novelas anteriores de Brown (El Código Da Vinci y Ángeles y demonios), aparece en El símbolo perdido como un ser débil y torpe en lo que se supone es su fuerza, la simbología, dada la pretendida magnitud del misterio por desentrañar, que al final se revela y resulta decepcionante frente a una movilización hasta de la CIA, que trata de evitar una ridícula “crisis nacional” en Estados Unidos.

La historia se desarrolla en edificios públicos de Washington. Al final es planteada la ya manida tesis de que los seres humanos son dioses con su potencial latente, viene una parrafada filosófica a partir de una interpretación de La Biblia, y se recurre al tema de moda del fin de una etapa de la humanidad en el año 2012.

Hay situaciones inverosímiles que el autor se esfuerza en explicar por los avances científicos, y los utensilios tecnológicos modernos -como la Blackberry de “la directora Sato”- tienen gran protagonismo en el relato. El ejemplar leído contiene al menos diez errores tipográficos (páginas 43, 57, 108, 109, 112, 144, 218, 252, 255, 275).

lunes, 6 de diciembre de 2010

Continúa en México el rescate de fotografías históricas

Los aniversarios de la Independencia y la Revolución dieron a los mexicanos la oportunidad de saber más de su historia gracias a la cantidad de dibujos, pinturas, caricaturas y fotografías relacionados con esos hechos y sus protagonistas, que fue posible ver en exposiciones, libros, periódicos y revistas.

Como ejemplos están el libro ‘México, fotografía y revolución’ (Fundación Televisa y Conaculta), la exposición montada con imágenes de esa obra en las rejas del bosque de Chapultepec, la edición especial de Proceso ‘¡Vámonos a la bola!’ y la colección de tarjetas postales del diario Milenio.

La fotografía es un testimonio valioso de los procesos de cambio y las costumbres y conflictos en una sociedad, y de ahí el interés que hubo en su momento por preservar los cientos de miles de negativos de la dinastía Casasola y de los hermanos Mayo, y ahora el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) ha dado su apoyo a un rescate más: el del trabajo del pintor y reportero gráfico michoacano Tomás Montero Torres (1913-1969).

Al articulista le llamó la atención el hecho, porque en 1964 formó parte de la primera generación de alumnos de este maestro de la cámara en la Escuela de Periodismo ‘Carlos Septién García’, y gracias a los conocimientos adquiridos con él, pudo desempeñarse simultáneamente como reportero y fotógrafo en algunos medios de información.

Nueve lustros más tarde sabemos mejor quién fue él, por charlas y correspondencia con una de sus nietas, Martha Patricia, quien también nos ha remitido al interesante blog www.archivotomasmontero.org donde ella, su hermana Claudia y su prima Silvia -con dos estudiantes de la Universidad Iberoamericana que prestan su servicio social en el proyecto-, muestran los resultados del trabajo de salvamento y difusión que realizan con la beca -recién renovada- del Fonca.

Los aproximadamente 80 mil negativos de que consta el Archivo estuvieron guardados durante 40 años por doña María Luisa, la viuda de Tomás Montero, pero en la actualidad las nietas ya están concluyendo la limpieza, digitalización y puesta en materiales de conservación, de cinco mil de ellos, y elaborarán un catálogo y un manual temático para investigadores.

También tienen planes para montar exposiciones en el Aeropuerto ‘Benito Juárez’ del DF y en el Centro Cultural Clavijero de Morelia, y para incluir fotos tomadas al compositor Miguel Bernal Jiménez, en un libro conmemorativo de su centenario natal. Además, ya existe una página del fotorreportero en la Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Tomás_Montero), así como un amplio texto, aún en desarrollo, para insertar todo este esfuerzo en la historia de la fotografía periodística en México.

Porque resulta que aquel mentor nuestro, que por cierto fue compadre del periodista Carlos Septién García, con quien trabajó en la revista La Nación porque ambos fueron miembros del PAN, estuvo en diversos diarios y semanarios durante más de tres décadas. Sus temas ya clasificados incluyen a presidentes, sinarquistas, enriquistas, sindicalismo, corporativismo, el PAN, tauromaquia, aviación civil, académicos, personajes de la cultura, la religión, el deporte, el periodismo y los espectáculos, vistas de la Ciudad de México y varios estados de la república, la UNAM, fiestas tradicionales y otros. También filmó una película en 16mm, cuyo tema se desconoce aún.

Silvia Sánchez Montero, una de las nietas, considera el trabajo hecho como “un laberinto un tanto complicado”, por lo que han debido adquirir conocimientos de fotografía, estética, comunicación, diseño, computación, administración, contabilidad, derecho, archivística, relaciones públicas y “hasta redacción”, entre muchas otras materias.

Y según Víctor Flores González, del servicio social, la investigación documental representa un gran desafío y la búsqueda ha sido a veces “extenuante: visitas a la Hemeroteca Nacional, revisión de diferentes libros, entrevistas con varios profesores especialistas en el tema, búsqueda en Internet”.

“Pintando, dibujando, escribiendo, y sobre todo como reportero gráfico, (Tomás Montero) fue construyendo una visión particular de un México que renacía tras la Revolución, buscando crear identidad y proyectarse al mundo”, de acuerdo con una interpretación de su nieta Martha. Loable, el rescate de este acervo.



PIES DE FOTOS PUBLICADAS:

(# 73314) ¿Reunión de panistas o de periodistas? Carlos Septién García (2°, der.) y Alejandro Avilés (3°, izq.) en un convivio. Ambos fueron directores de la Escuela de Periodismo ‘Carlos Septién García’. © Archivo Tomás Montero Torres.



(# 73326) Dos figuras del antiguo PAN, Carlos Septién García y Luis Calderón Vega, tomadas por el artista michoacano. © Archivo Tomás Montero Torres.



OTRO:

(# 6713 y 73266)

La maestra y poeta Dolores Castro, y el periodista Carlos Septién García (centro) como peregrino, tomados por el artista michoacano. © Archivo Tomás Montero Torres.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Revolucion Méxicana, hace 50 años y ahora

A la presidenta de Argentina y a todos los latinoamericanos

dolidos por la pérdida de Néstor Kirchner



Ahora que la Revolución Mexicana ya no puede ser reclamada como “su” patrimonio o sustento ideológico por partido político alguno (porque el PRI, que decía tener la franquicia, hace mucho que se corrió a la derecha), aquel movimiento armado de cuyo inicio se cumplirá un siglo este 20 de noviembre, parece haber quedado en una efeméride.

Al ser entregadas estas líneas para su publicación, no había noticias de que el gobierno federal en turno -sin afinidades con aquella gesta social- fuera a celebrar con algún acto central relevante el centenario en su fecha exacta.

Parece que sólo habrá un espectáculo de teatro urbano y una ceremonia en Palacio Nacional para entregar el Premio Nacional del Deporte, además de los festejos organizados en diversas entidades del país. San Luis Potosí ya reclama un reconocimiento específico porque allí fue firmado el Plan con que Francisco I. Madero convocó a la lucha armada contra el gobierno de Porfirio Díaz.

Sabemos que la fecha del 20 de noviembre es incómoda para el gobierno federal ahora que el PAN está en el poder, y lo vimos desde que al Instituto de Estudios Históricos de Revolución Mexicana le cambiaron este nombre por el de “las Revoluciones de México”, que como única novedad en su sitio web tiene una esquela por la muerte del historiador Friedrich Katz.

Hace medio siglo, cuando la Revolución “hecha gobierno” ya oscilaba entre la credibilidad y los cuestionamientos por la centralización y autoritarismo del poder, tocó encabezar los actos con motivo del cincuentenario de la revuelta maderista al presidente Adolfo López Mateos, quien apenas dos años antes había superado en las urnas al entonces candidato del PAN y hoy ganador de la Medalla Belisario Domínguez, Luis H. Álvarez.

Según Soledad Loaeza (La Jornada, 30-IX-10), “A diferencia de lo que ocurre ahora”, en 1960 “el gobierno federal se concentró en la conmemoración de la efeméride revolucionaria” y “el presidente inauguró un gran obra pública cada mes”, incluidas “Estaciones de ferrocarril, termoeléctricas, mercados, hospitales, escuelas, avenidas, puentes, pasos a desnivel” y la unidad habitacional ‘Independencia’, del IMSS.

Gustavo Casasola también ayuda a nuestra memoria cuando, en su Historia Gráfica de la Revolución Mexicana (Trillas, 1992), menciona los actos del 20 de noviembre de 1960. En esa fecha fueron reinhumados en el Monumento a la Revolución los restos de Madero que estaban en el Panteón Francés, en presencia del presidente y seis ex presidentes de la República, con el secretario de Gobernación Gustavo Díaz Ordaz como orador; el Congreso de la Unión llevó a cabo una sesión solemne, y López Mateos inauguró un monumento a Madero frente a Los Pinos, el mismo que ya está dentro de esa casa presidencial desde que le quitaron al esparcimiento popular parte del bosque de Chapultepec.

Por supuesto, también tuvo lugar por las calles de la capital el desfile deportivo que hubo desde 1930 hasta 2005, y que suspendió Vicente Fox al año siguiente.

(Y en 1961, cuando se celebró el cincuentenario del Plan de Ayala, ALM fue declarado “El zapatista número uno de México”. Era parte del ritual priista).

Asimismo por el aniversario de la revolución maderista, el Fondo de Cultura Económica publicó en cuatro tomos la obra ‘México, 50 años de Revolución’, tal vez “para ofrecer una legitimación histórica del régimen basada en los resultados obtenidos por el sistema político a lo largo de medio siglo”, según opinión del director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, Guillermo Hurtado, en su ensayo ‘Historia y ontología en México: 50 años de revolución’.

El PRI –“el partido que nació de la Revolución Mexicana”, según su propia revista ‘Confluencia XXI’ de este trimestre- parece estar volteando ahora hacia sus pretendidos orígenes ideológicos para “traer al presente lo mejor del pasado sin la pesada carga de lo negativo”, y plantea la necesidad de “meditar sobre el gran acontecimiento” que fue aquel movimiento armado porque, “Cien años después, en un escenario nacional particularmente violento, se desarrolla un festejo gubernamental mas ocupado en festejar las efemérides y lo vernáculo que en la reflexión sobre el presente y la enseñanza para lo que sigue y lo que vendrá”.

Ahí están los datos; juzgue usted.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La Biblioteca de Arcadia, La nada como destino, propuesta literaria de Cormac McCarthy

Por Norma L. Vázquez Alanís
Un viaje alucinante hacia ninguna parte, hacia la tierra prometida, hacia el fin del mundo o hacia el principio de una nueva vida.

El camino infinito, una carretera; los personajes, un hombre y un niño... el hoy y el mañana, el presente y el futuro.

La aventura, a veces inverosímil, de dos seres humanos cuyo destino es la nada; un padre y su hijo en huida permanente, en situación precaria, es el leitmotiv de la novela ‘La Carretera’, del escritor estadounidense Cormac McCarthy.

Se trata de una narración estrujante que el lector no puede dejar fácilmente, pues quiere saber qué va a pasar con esos dos seres que parecen tan indefensos y de los cuales sabe muy poco, pero cuya situación lo mantiene en una angustia y alerta permanentes.

En 210 páginas, el autor presenta un planeta desolado, yermo, inhóspito por donde deambulan estos seres fantasmagóricos que pueden ser sobrevivientes de una catástrofe nuclear, de los estragos del cambio climático, del ataque de extraterrestres, de una horda bárbara y destructiva o del Apocalipsis.

La esencia de la narración de McCarthy es la lucha del bien contra el mal, la esperanza del renacer de la humanidad, de la resurrección del hijo con la muerte del padre enfermo, quien intenta a toda costa poner a su pequeño a salvo de los peligros que los acechan, especialmente la muerte; ambos tienen que combatir contra su peor enemigo: la desesperación.

Sin agua ni alimento, expuestos a las inclemencias de un clima frío y lluvioso, así como a catervas de individuos dispuestos a asesinar a quien cruce en su camino para robarle sus pertenencias o cometer canibalismo.

Los protagonistas -cuyos nombres nunca son revelados, quizá porque el autor pretendió significar con ello que sólo son representantes de la raza humana en medio de una tierra devastada-, recorren los restos de una red carretera a paso lento, con sigilo, buscando qué comer e implementos para hacer fogatas, llevando consigo sólo un carrito de supermercado en el cual transportan sus escasas pertenencias y que es necesario esconder cuando “acampan” para pasar la noche.

El planteamiento de la novela de McCarthy, que por cierto lo hizo acreedor al Premio Pulitzer, está lleno de enigmas y deja a la imaginación del lector los detalles que su narración no le proporciona.

En ‘La carretera’, el autor explora temas como el amor entre padres e hijos, el significado de la ética en circunstancias extremas -la actitud caritativa del niño enfrentada a la indiferencia del adulto cuando se trata de compartir lo poco que se tiene-, así como el debate entre la muerte como alternativa para acabar con el sufrimiento y el instinto de subsistencia de los seres humanos.

En esta obra (Editorial Debolsillo, abril, 2009) McCarthy maneja un lenguaje directo, incisivo e incluso podría decirse que lúgubre, con frases breves y diálogos elípticos como recurso para transmitir el efecto de desesperación y cansancio resignado que acorrala a los personajes centrales.

‘La carretera’ es una lectura recomendable tanto por su estructura narrativa, que incluye pláticas entre padre e hijo y una voz relatora de los sueños o pensamientos de los personajes centrales, como por su trama que despierta la curiosidad y también propicia la introspección analítica sobre lo que la humanidad está haciendo contra su hábitat. 
POST SCRIPTUM:

Cormac McCarthy (Rhode Island, EU, 1933) llamó la atención de la crítica internacional con su obra ‘El guardián del vergel’, que ganó el premio Faulkner a la primera novela. Por sus narraciones ambientadas en un sur estadounidense gótico, exuberante y violento, ha sido comparado con los escritores William Faulkner y Flannery O'Connor.
McCarthy vive actualmente en el norte de Santa Fe, Nuevo México, y es muy celoso de su intimidad, por lo cual rehuye entrevistas y conferencias sobre el arte de escribir. Se ha caracterizado por ser un escritor itinerante de existencia errabunda y según él mismo cuenta en la única entrevista que ha concedido en toda su vida, no leyó un solo libro hasta los 21 años. Trabaja también como guionista cinematográfico y varias d sus obras han sido adaptadas al cine.

Este autor, quien ha sido calificado por el crítico literario Harold Bloom (EU) como uno de los cuatro mayores novelistas estadounidenses de su tiempo, junto con Thomas Pynchon, Don Delillo y Phillip Roth, siente un rechazo casi patológico a hablar de su vida, su obra, o en general de literatura, no importa cuánto dinero le ofrezcan o lo mucho que lo necesite.

Otros críticos lo ubican como representante del Realismo Sucio, un movimiento literario que pretende reducir al máximo la narración para presentar un texto minimalistaen el que el contexto compartido con el lector sea lo más amplio posible.

El aspecto realista de esta corriente literariase determina por la elección de personajes y escenarios lo más comunes y habituales posible, siendo la acción de la historia, normalmente sin concesiones o reflexiones morales, el punto sucioque completa la denominación. Son autores como Raymond Carver–según los especialistas, fundamental para el desarrollo del movimiento-, Chuk Palahniuk, o Charles Bukowski,los nombres asociados a este tipo de literatura, aunque entre ellos no existiera una conciencia de grupo.

McCarthy es uno de los novelistas de culto de la literatura norteamericana actual y ha obtenido varios premios, entre los que destacan el MacArthur Fellowship, el reputado Genius Grant, el National Book (el galardón literario más importante de Estados Unidos) y el Pulitzer de novela.
Entre su obra destacan ‘El guardián del vergel’, ‘Hijo de Dios’, ‘Meridiano de sangre’, ‘No es país para viejos’ y su Trilogía de la frontera: ‘Todos los hermosos caballos’, ‘En la frontera’ y ‘Ciudades de la llanura’.

Somos Mexicanos de Tiempo Completo

Llegó septiembre y, al pergeñar este texto, nada parecía que fuera diferente a otros años a pesar de los inconexos y costosos planes del gobierno federal para conmemorar el bicentenario del inicio de la guerra de Independencia.

De acuerdo con las crónicas y documentos de hace un siglo, dos meses antes de que estallara la Revolución el gobierno de Porfirio Díaz celebró con actos todos los días el primer centenario del Grito de Dolores, porque los organizó bien y con años de antelación.

Por ejemplo, en 1877 fue hecha la convocatoria para construir la Columna de la Independencia, en 1902 se colocó la primera piedra, y el 16 de septiembre de 1910 fue puntualmente inaugurada, mientras que ahora el presidente se quedará con las ganas de entregar -porque no estuvo a tiempo o no estará nunca- el “moderno monumento” en el Paseo de la Reforma que -prometió- “legaremos a las generaciones del mañana”. Y del Parque Bicentenario en la antigua refinería ’18 de Marzo’, poco se ha vuelto a saber.

Y sólo estamos comparando los festejos, porque discutir sobre las innegables desigualdades, la explotación y la entrega del país al capital extranjero durante la era porfirista, sería como escupir al cielo a la luz de la situación actual.

Precisamente porque, según muchos, México está como entonces en varios aspectos, ha germinado por ahí la idea de que nada hay ahora que loar. Tan fuerte han sonado esas voces, que el secretario de Educación Pública expresó su inquietud frente a tal postura porque “revela todo un estado de ánimo, a veces una mezquindad entre los mexicanos”.

También, aunque anónimo y pésimamente redactado, como todos los documentos de su especie, circuló por el correo electrónico una autodenominada “interesante propuesta” para que el próximo 15 de septiembre “no haya Grito! sino un silencio de protesta!”, y “Que por primera vez en la historia de este país, el grito de independencia y libertad sea un gran silencio de inconformidad y disgusto” por la inseguridad que existe en el país y la manera como se le combate.

Es difícil augurarle éxito a esa iniciativa que, empero, es sintomática del “estado de ánimo” señalado por el funcionario. Porque aún con el enojo que pueda tener la ciudadanía contra sus autoridades nacionales o locales, en la noche del 15 de septiembre tal vez se llenarán los zócalos de casi todo el país, pues esas son ocasiones para el fervor, la fiesta, el relajo y el baile. Tristemente, no lo harán Ciudad Juárez, Guadalupe y tal vez otros municipios de Chihuahua amenazados por los criminales, ya que cancelaron las ceremonias públicas para no exponer a la población.

Este año el presidente dará dos veces el Grito: una desde el Palacio Nacional el día en que lo instituyó Porfirio Díaz (15 de septiembre a las 23 horas), y otro en el lugar y fecha en que lo hizo realmente Miguel Hidalgo en 1810: a las seis de la mañana del día 16, en Dolores, Guanajuato.

“Demos el grito y festejemos (si hay algo que festejar) en nuestras casas con amigos y familiares y al desfile ni pararnos por ahí”, fue en cambio la invitación recibida por correo electrónico, en tanto que para el titular de la SEP, “la mayoría aplastante estamos convencidos (de) que tenemos mucho que festejar” en las plazas públicas.

Lamentablemente no está en la página bicentenario.sep.gob.mx el programa de actividades conmemorativas (tampoco se sabe cómo festejará el gobierno el centenario de la Revolución, o si lo hará), tal vez porque habrá casi lo mismo de siempre -con varios gobernantes extranjeros invitados- y nada monumental como en 1910, cuando hubo tanto derroche en ceremonias, inauguraciones y fasto desde el 1 de septiembre.

Eso sí, muy notorio, el hecho de que autoridades de los tres niveles de gobierno han bautizado con la palabra “bicentenario” cuanto se les ha ocurrido de la obra pública y actividades diversas, que de cualquier manera están obligadas a llevar a cabo.

A pesar de todo, digamos con orgullo “Viva México” todos los días, porque no somos mexicanos de 15 de septiembre, sino de tiempo completo.

PD.- Lea usted en http://bicentenario.com.mx/?p=10058, cómo celebró el gobierno de Álvaro Obregón el centenario de la consumación de la Independencia en 1921. Penurias, siempre penurias. (antonio.aspiros@gmail.com)